DTMF: Disfrutar, Transformar, Mirar y Formar
- Preparatoria Carl Rogers
- 20 hours ago
- 7 min read
Por Pedro Moreno Granados
En este escrito, como buen maestro, intentaré que en pocos minutos recorramos juntos
temas que, a primera vista, parecen inconexos: la música y las referencias culturales de
Bad Bunny, la protesta simbólica, los cambios tecnológicos que han acompañado a distintas
generaciones, la relación entre macrohistoria y microhistoria, los principios de la Nueva
Escuela Mexicana, las discusiones actuales sobre el uso de redes sociales en
adolescentes, el debate sobre el desarrollo cognitivo generacional y, finalmente, la
construcción de identidad. Todo ello con un propósito sencillo pero profundo: reflexionar por
qué la escuela no solo se vive para aprender contenidos, sino también para aprender a vivir
y, sobre todo, para disfrutar el proceso de crecer.
Bad Bunny ha roto distintos hitos en la historia reciente de la música latina, conquistando
espacios que durante décadas parecían reservados para la cultura dominante
estadounidense. Uno de los más simbólicos fue su presentación como artista principal en el
Super Bowl LX, un escenario considerado casi sagrado dentro del imaginario nacional
norteamericano.
Más allá del espectáculo musical, aquel evento estuvo cargado de tensiones políticas y
sociales. Mientras el show celebraba la presencia latina en uno de los foros mediáticos más
importantes del mundo, el recinto era resguardado por agentes del Immigration and
Customs Enforcement (ICE), recordando que la migración continúa siendo un tema central
en el debate público estadounidense. En ese contraste —entre celebración cultural y control
político— el espectáculo dejó de ser únicamente entretenimiento para convertirse en un
acto simbólico que dialoga con viejas ideas de hegemonía continental heredadas desde la
Doctrina Monroe y reinterpretadas hoy bajo discursos contemporáneos como Make America
Great Again (MAGA).
Y fue justamente en medio de ese escenario donde una frase aparentemente sencilla
comenzó a resonar con fuerza: “debí tirar más fotos”. Más allá de la canción, la expresión
abre una reflexión sobre la memoria, el paso del tiempo y la manera en que las personas
intentamos conservar aquello que sabemos que algún día será recuerdo.
En un espectáculo de poco más de catorce minutos, el artista buscó cargar el escenario de
símbolos vinculados con la historia y la identidad de Puerto Rico, convirtiendo el show no
solo en un acto musical, sino también en una narrativa política y cultural sobre la realidad de
la isla. El inicio, marcado por la ya reconocida frase “Tití me preguntó si tengo mucha novia”, dio paso a un recorrido por varios de sus éxitos; sin embargo, el momento que resulta más
significativo recuperar aquí es cuando aparece en la expresión “debí tirar más fotos”.
En ella, el conejo malo plantea una reflexión íntima sobre lo efímero de la vida y la fragilidad
de la memoria: con el paso del tiempo, los recuerdos se desdibujan y las experiencias
corren el riesgo de perderse si no encuentran una forma de permanecer. La fotografía,
entonces, deja de ser solo un registro visual para convertirse en un intento humano por
conservar el significado de lo vivido, recordándonos que documentar nunca es un acto
trivial, sino una forma de resistir al olvido.

En una escala más personal, cada vez que escucho DTMF no puedo evitar regresar a los
años en que ser joven significaba traer conmigo siempre un celular cuya cámara de 2
megapíxeles apenas lograba imágenes que hoy parecerían fotocopias borrosas. A inicios de
la década de 2010, tener un Nokia XpressMusic o un Sony Ericsson edición Walkman
representaba sostener uno de los símbolos más visibles de la innovación tecnológica de
aquel momento, era lo más top del momento.
Fue también durante esos años cuando viví una de las etapas más significativas de mi vida:
la preparatoria. En ese entonces no era consciente de ello, pero con el tiempo comprendí
que esa etapa no solo preparaba para exámenes o decisiones futuras, sino para la vida
misma. Mucho de lo que hoy soy no proviene únicamente de los contenidos escolares, sino
de las experiencias compartidas, de los maestros, de los amigos y de los espacios
cotidianos que fui apropiando y resignificando.
La historia personal se escribe siempre en presente; el pasado adquiere sentido únicamente
cuando lo miramos desde quien somos ahora. Tal vez por eso conservo apenas algunas
fotografías de baja calidad, pero cada una guarda un proceso profundo de construcción
identitaria que hoy, desde mi lugar como docente, observo repetirse en las nuevas
generaciones, quienes curiosamente vuelven a traer consigo cámaras digitales de baja
resolución, muy parecidas a las que fueron populares durante mi propia etapa de prepa.
Si algo he comprendido al observar a mis estudiantes y recordar mi propia etapa formativa,
es que la escuela nunca ha sido únicamente un espacio para transmitir contenidos. Esta
idea dialoga directamente con el modelo educativo actual en México, conocido como Nueva
Escuela Mexicana (NEM), el cual propone comprender la educación como un proceso
integral de formación humana.
De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública (2024), este enfoque se sostiene en
principios que buscan fomentar la identidad nacional, la responsabilidad ciudadana, la
honestidad, el respeto a la dignidad humana, la interculturalidad, la cultura de paz y el
cuidado del entorno, además de promover una educación con sentido ético y participación
social activa.
Más que una lista normativa, estos principios representan un cambio de
mirada: dejar de entender al alumnado como individuos que compiten entre sí para
reconocerlos como personas complejas que piensan, sienten y aprenden en comunidad.
Sin embargo, este proceso formativo no ocurre únicamente dentro del aula. Los valores,
aprendizajes y significados también se construyen en la familia, en el entorno social
inmediato e incluso en la manera en que los jóvenes leen y reinterpretan la historia que
habitan. Por ello, ser adolescente mexicano en el contexto actual implica algo más que
cursar un plan de estudios: significa aprender a construir identidad en medio de múltiples
influencias culturales, tecnológicas y sociales.
Los adolescentes, por su propia etapa de vida, enfrentan retos múltiples: algunos
personales, otros heredados y muchos más derivados del contexto social en el que crecen.
Ser joven en México hoy —y particularmente en Querétaro— implica también aprender a
desenvolverse en un entorno profundamente digitalizado. Un ejemplo reciente de ello
ocurrió el 10 de julio de 2025, cuando el Congreso local aprobó por unanimidad una reforma
a la Ley de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y al Código Penal del estado,iniciativa impulsada por el gobernador Mauricio Kuri, cuyo objetivo central fue regular el uso
de redes sociales digitales con la intención de proteger a las y los menores de edad.
Aunque la medida aún enfrenta retos para su implementación, ha generado diversas
interpretaciones entre estudiantes y familias. En los pasillos escolares circulan versiones
exageradas —desde la idea de policías revisando celulares en las entradas hasta la
creencia de que podría sancionarse la posesión de ciertos dispositivos—, reflejo más de la falta de claridad comunicativa que del contenido real de la reforma. Sin embargo, el debate
de fondo permanece:
¿hasta qué punto limitar el acceso digital protege y en qué momento podría
también restringir oportunidades de aprendizaje?
La discusión no es menor. Vivimos en una sociedad hiperconectada o como dicen otros
“líquida” donde internet suele ofrecer respuestas inmediatas a casi cualquier duda, y frente
a ello surge una inquietud legítima: ¿estamos formando estudiantes en desventaja al
restringir herramientas tecnológicas o, por el contrario, estamos intentando recuperar
espacios necesarios para la reflexión y la experiencia fuera de la pantalla?
Este debate se intensificó a inicios del año cuando el neurocientífico Jared Cooney Horvath
se volvió viral al afirmar que, según diversas investigaciones sobre aprendizaje y desarrollo
cognitivo, las nuevas generaciones podrían mostrar habilidades distintas —e incluso
menores en ciertos aspectos— respecto a generaciones anteriores (Cooney, s. f., citado en
BioBioChile, 2026). Durante décadas se sostuvo la idea de que cada generación
incrementaba su coeficiente intelectual gracias a mejores condiciones de vida y acceso al
conocimiento; sin embargo, las transformaciones tecnológicas actuales han abierto nuevas
preguntas que aún están lejos de resolverse.
No obstante, más allá de los debates globales, mi reflexión parte de una microhistoria
concreta: el aula. En la preparatoria he observado escenas que contrastan con el
diagnóstico pesimista que suele repetirse. Estudiantes leyendo libros durante los recesos,
otros jugando juegos de mesa —algunos tan pequeños que parecen clandestinos— y, de
manera particularmente llamativa, un creciente uso de cámaras digitales de baja resolución,
sorprendentemente similares a las que eran populares cuando yo cursaba la preparatoria y
que potencializan la creatividad de lo que es tomar una foto.
Esa imagen, al mismo tiempo nostálgica y reveladora, me devuelve nuevamente a la idea
de DTMF. Tal vez el verdadero cambio no radica únicamente en los modelos educativos o
en las regulaciones tecnológicas que iremos perfeccionando —o incluso descartando— con
el tiempo, sino en algo más profundo y constante: cada generación continúa buscando
maneras de documentar su experiencia, de otorgar significado a lo que vive y de construir,
casi sin darse cuenta, los aprendizajes que le servirán para la vida.
Por ello, más allá de los contenidos que puedan ofrecer las clases de Historia,
Humanidades o cualquier otra asignatura del currículo de la Nueva Escuela Mexicana, el
verdadero aprendizaje quizá ocurre en aquello que los estudiantes significan y resignifican
todos los días. Entre regulaciones tecnológicas, debates sobre el futuro cognitivo de las
nuevas generaciones y cambios constantes en la manera de aprender, los jóvenes
continúan construyendo algo más profundo: su identidad.En cada interacción con sus maestros, con sus amistades, con sus familias y con los múltiples espacios que habitan, se va tejiendo un contrato social cotidiano que no solo es simbólico, sino también ético y profundamente humano.
Detrás de cada fotografía tomada en una kermés, en un recreo o en una salida escolar, no solo se captura un momento; se documenta un proceso de formación para la vida.
No sabemos cómo serán las futuras generaciones ni qué tecnologías utilizarán para
recordar su pasado. Tal vez las cámaras de baja resolución desaparezcan, o quizá regresen
nuevamente como parte de otro ciclo cultural. Lo cierto es que cada experiencia vivida se
convierte en una pequeña pieza de la propia microhistoria, aquella que con el tiempo otorga
sentido y dirección a quienes somos. Porque, con celular o sin él, la vida sigue siendo una
celebración pasajera, y aquello que hoy se construye —entre aprendizajes, afectos y
descubrimientos— mañana puede volver a nosotros en forma de recuerdo, recordándonos
que también aprender es aprender a vivir y cada quien en este viaje, “hace su baile inolvidable”.
Fuentes consultadas:
Bad Bunny. (2025). Debí tirar más fotos [Álbum]. Rimas Entertainment.
BioBioChile (2026). Neurocientífico advierte que la Generación Z es la primera en ser
menos inteligente que sus padres. Revista digital disponible en:
https://www.biobiochile.cl/noticias/ciencia-y-tecnologia/ciencia/2026/02/04/neurocientifico-ad
vierte-que-la-generacion-z-es-la-primera-en-ser-menos-inteligente-que-sus-padres.shtml
LXI Legislatura del Estado de Querétaro. (2025) Aprueba Pleno por unanimidad la
denominada “Ley Kuri”, para para garantizar el interés superior de niñas, niños y
adolescentes en materia de redes sociales digitales.
Secretaría de Educación Pública (2024). La Nueva Escuela Mexicana: Principios y
orientaciones pedagógicas.




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